Archivos para diciembre, 2010

Tres veces mojado

Publicado en Opinión el diciembre 30, 2010 por Camus

Por Gil Camus

En cierta ocasión, un amigo de la Universidad (no de la misma licenciatura), me comentó la experiencia, digamos racista, a la que fue sujeto cuando tuvo la oportunidad de viajar a Europa. Con esa peripecia como sustento, me aseguró que México no es un país racista, por lo menos, dijo, no a los niveles del viejo continente. Por supuesto me extrañé y argumenté lo contrario con una serie de ejemplos (que aquí no voy a citar). Al final del “debate”, mi amigo se quedó con sus argumentos, no lo pude convencer.

Sería muy interesante conocer ahora su opinión tras ciertos hechos lamentables. Hace algunos días, se confirmó algo que es práctica cotidiana en nuestro país desde hace varios años: por medio de la denuncia pública hecha por sacerdotes encargados de dos albergues, la Procuraduría de Justicia de Oaxaca, confirmó el plagio de migrantes centroamericanos, realizados, según entrevistas a dichos clérigos, el 16 y 21 de diciembre. Exactamente el número de personas secuestradas no se conoce, las cifras van desde 8 a 150 indocumentados (as). (Cf. La Jornada, 24/12/10, p. 5 y 27/12/10, p. 5).

En realidad las cifras no importan. Lo importante es que, aún siendo una sola persona, en nuestro país, los y las indocumentadas de Centroamérica (hermanos, como los llama mi amigo universitario), en su intento por llegar a un sueño, del cual los Estados Unidos ya despertó, sufren discriminación, racismo y violencia, de la misma forma (quizá peor) que las y los  mexicanos, con documentos o sin ellos, en dicho país.

Es evidente, sin lugar a dudas, la presencia del crimen (como lo llama el inquilino de los Pinos) organizado en el tráfico y trata de personas, sobre todo si éstas son indocumentadas. Para muestra la garrafal masacre de, al menos, 72 centroamericanos, atribuido al grupo escindido del Cartel del Golfo, los Zatas. Incluso, en buena parte de la frontera norte del país (principalmente en Tijuana), los polleros tradicionales, aquellas personas que conocían las rutas para poder cruzar a Estados Unidos, han sido desplazadas por bandas delictivas (La jornada, 29/12/10, p. 2).

No obstante de que lo anterior es una realidad palpable de nuestra actualidad, la situación deplorable que sufren las personas migrantes en nuestro país tiene un pasado, por lo tanto me aventuro a plantear que dicha situación no siempre ha estado ligada al crimen organizado.

Hay una canción de la cultura popular mexicana, (cuyo grupo intérprete debe ser una referencia para estudiar y analizar  la actual violencia que sufre México): Tres veces mojado, de Los Tigres del Norte. En ella se cuenta la historia de un salvadoreño que, en su travesía para llegar a Estados Unidos, tres veces tuvo que arriesgar la vida, ya que dos fronteras más se cruzaron en su camino:

          “… En Guatemala y México, cuando cruce, dos veces me salvé me hicieran prisionero, el mismo idioma y el color,   reflexioné: ¿cómo es posible que me llamen extranjero?…”

Con respecto a nuestro país:

          “… Es lindo México, pero cuánto sufrí, atravesarlo sin papeles es muy duro, los cinco mil kilómetros que recorrí, puedo decir que los recuerdo uno por uno…”

Esta canción se encuentra en un disco (Ídolos del pueblo) de 1998, es decir, doce años atrás y refiere una realidad que, como he dicho, no se encuentra sólo vinculada al crimen organizado, lo cual no quiere decir que no exista, sino, por el contrario, que hay otros factores, cuya historia es perfectamente rastreable, como la discriminación y el racismo, elementos que componen la situación a la que se ven sujetos los migrantes en México.

En realidad no nos queda hacernos las víctimas y decir que Estados Unidos sostiene políticas que van en contra de los derechos humanos de (así los llamamos) nuestros paisanos. No hay que hacernos las víctimas y decir que son ellos los racistas, México sostiene el mismo discurso: el día 28 de diciembre, La jornada reveló que, en un documento llamado Programa de estudios estratégicos 2010 (de consumo institucional, no público), El CISEN plantea la migración como un riesgo para la estabilidad nacional. ¿Qué es lo que dice el gobierno norteamericano con  respecto a la migración en su país?, exactamente lo mismo: que es un riego para su estabilidad.

Ahora bien, al parecer ese documento no sólo hace referencia a la migración de otros países a México, sino, además, se refiere a la interna, es decir; a la movilidad o distribución poblacional de zonas rurales a las urbanas del país: ¡el extranjero es su propia tierra! O como dicen los (respetables) Tigres del Norte: “… el mismo idioma y color… ¿cómo puede ser que me llamen extranjero?… Vaya que si no discriminamos, vaya que reproducimos ese discurso: si no lo creen, reflexionemos un poco acerca de la situación que viven los triqui en Oaxaca o la comunidad tzotzil  de Mitzitón en Chiapas.

¿Será que México es una sociedad cuya cultura es profundamente racista? Me parece que sí. Esta es una pregunta que desarrollaré con más seriedad pero con una arista más: ¿será que somos una sociedad profundamente violenta? ¿En realidad se trata de una guerra que es sólo del inquilino de los Pinos? Pues ya lo dijo el gran deconstruccionista argelino, Jacques Derrida, en Canallas (2005, Trotta, España): Le voyoun que je suis, en español sólo puede ser traducido con el uso de paréntesis: El canalla (al) que estoy si(gui)endo.

El cartón de de ROCHA (La Jornada, 29/12/10, p. 7).

La migala

Publicado en Literatura el diciembre 29, 2010 por Camus

 

Juan José Arreola

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

The Wall

Publicado en Música el diciembre 17, 2010 por Camus

Por Gil Camus

Hay quien puede decir que se trató de puros actos de grandilocuencia, de egocentrismo delirante y obsesiones musicales lo que llevó a Roger Waters concebir -tras un acto quizá de intolerancia y hartazgo hacía un fan- una idea que a la postre se verá plasmada en una de las obras más grandes del rock: The Wall. Una estructura cuyos ladrillos representan cada una de las formas operantes del poder sobre el sujeto y todos aquellos referentes que nos construye como tal: desde la falta o ausencia del padre caído en combate por la megalomanía de los dirigentes políticos, la sobre protección de la madre, la opresión del sistema educativo, político, social, interpersonal e incluso, la represión que uno (a) ejerce sobre sí mismo (a).

Mucho se ha dicho de The Wall, entre otras cosas que llevó, junto con lo que se ha llamado, etiquetado o encasillado como progresivo (cuyos representantes encontramos bandas –a mi parecer, fantásticas- como King Crimson, Jethro Tull, Genesis, Emerson Lake and Palmer o Camel) al rock, en su forma operística, a ser música para adultos contemporáneos, quitándole, a dicho género musical, lo divertido, lo rasposo, lo inmediato; haciéndolo aburrido, lento –con canciones, otra veces denominadas suites, de larga duración- y, para algunos y algunas, difícil de entender o escuchar. Lo cierto es que, en este disco, no encontramos canciones eternas (aunque hay quienes piensan que Another Brick in the Wall, es sólo una pieza), tampoco, a mi gusto, las hay con estructuras densas o atmosféricas que las haga aburridas o “complejas”: me atrevo a decir que ninguna canción es difícil de escuchar, por el contrario, son disfrutables.

Sin embargo, The Wall es una obra cuyas canciones no pueden ser escuchadas en “solitario” (quizá existan excepciones como Comfortably Numb, Hey You, Mother o Run Like Hell), si lo pones en aleatorio pierde sentido: cada una de las canciones están localizadas de tal modo que se entrelazan para decir “algo”, para dar cuenta de la desesperación y locura a la que puede llegar no sólo un superrockstar, sino cualquier persona ordinaria ya que, al final, en The Trial, nos damos cuenta que sólo formamos parte de esa estructura opresora, cada uno (a) de nosotros(a)s, no somos más que otro ladrillo de esa estructura que no cesamos de cosntruir (de reproducir).

Corrijo, The Wall no es una de las obras más grandes del rock, ni siquiera, ciertamente, es el mejor material de Pink Floyd, quizá sea necesario decir que está sobre valorada. Sin embargo, es un disco muy sui generis. Por una parte, como obra conceptual (¿rock ópera?) innovó visualmente, presentando excelentes dibujos animados (tanto en los conciertos como en su versión cinematográfica), para ejemplo dos canciones, Good Bye Blue Sky y la maravilla de Empty Spaces.

Por otra parte, The Wall no hubiera tenido el mismo significado sin el contexto social y político del mundo en el que se concibió: la guerra fría, una Alemania dividida, precisamente, por un muro y un cuestionamiento a la racionalidad y existencia del ser humano como maquinaria de muerte. Todos sus referentes bélicos nos impactan porque nos muestra lo que somos.

Asimismo, muestra la decadencia y los problemas internos de la banda: Wright aparece en los créditos como músico asueldo, Gilmour participa muy poco en cuanto a composición se refiere. The Wall se encuentra justo en medio de momentos claves para la banda. Es sucesor de una de sus mejores obras (infravalorada): Animals, al mismo tiempo es antecesor del último material donde Waters participa dentro de Pink Floyd: The Final Cut. Con todo lo anterior,  en este disco, se entrega una de las mejores canciones del rock en general, cuyo sólo de guitarra es una maravilla y la letra nos recuerda lo insignificantes que somos como humanidad.

The Wall quizá no sea una de las grandes obras del Rock, pero es pieza fundamental en la historia del género, aunque exista gente que piense lo contrario. Además, en él se encuentran varias de mis favoritas de Pink Floyd: Mother, Hey You, The Happiest Days of Our Lives, Vera, When the Tigers Broke Free (en la versión del film) y (la que más me gusta de este disco) Waiting for the Worms.

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